.
       
.

Sábado Diciembre 24, 2016 11:54.- Por Antonio I. Margariti

Macri debe reaccionar de inmediato

Jacques Rueff, autor de la restauración económica de Francia con el “franco Poincaré” (1926) y del posterior resurgimiento francés al liquidar su “eterna inflación y el impasse del gasto público” con De Gaulle en la Vª Republique (1958) confesó que el secreto de ambos programas era uno sólo: “infundir confianza”.

Decía Rueff (1): “Creer en el éxito de un plan, explicarlo de modo que todos lo entiendan y tener fe en la capacidad de quienes conducen la economía son los secretos indispensables cuando las situaciones se tornan críticas. Porque cuando Júpiter quiere perder a un pueblo, le manda gobernantes deshonestos, ignorantes o pragmáticos: hombres de ocasión. Gobiernan para el día a día, no investigan con profundidad la situación, no logran penetrar en la intimidad de los problemas y no se dan cuenta de lo que está pasando. Pero cuando aparece alguien que sabe extraer enseñanzas de la realidad, que advierte dónde está el meollo de las cuestiones, cuál es el conjunto de los fenómenos y cómo son los verdaderos impulsos que mueven a la gente y a las cosas, entonces necesariamente debe apoyarse en una teoría siempre que esa teoría sea verdadera. Allí está el hombre de Estado y no el oportunista o impostor, que parecen una cosa y son otra y, que al final, no son nada. Allí está el hombre que tiene sentido de grandeza para poder salvar a su país. Por eso, debemos desconfiar de los hombres deshonestos, ignorantes y prácticos. Necesitamos siempre, fundamentalmente, de la teoría o de una buena doctrina, que es tanto como conseguir alcanzar la imaginación y el talento que se precisan para solucionar los problemas que nos abruman”.

(1) Emilio J. Hardoy: “Las ideas geniales de Jacques Rueff”, homenaje a su memoria y obra con motivo del
fallecimiento. Bolsa de Comercio de Buenos Aires, Noviembre 1978.

Escuela de neo socialismo de mercado

Es un socialismo camuflado en una economía donde el mercado está intervenido por comisarios políticos, disfrazados de funcionarios. Los medios de producción más importantes pertenecen al Estado, ya sea como empresas públicas, sociedades de economía mixta o sociedades participadas por entes públicos. Estas empresas monopólicas, coexisten con un cierto número de cooperativas y un grupo variable de empresas privadas, toleradas pero sometidas a la intervención reguladora y el control del aparato estatal. Las reglamentaciones son tan intensas y cambiantes que constituyen un verdadero aparato táctico para doblegar cualquier intento de libre iniciativa individual.

El neo-socialismo de mercado no debe confundirse con la Economía de mercado socialista, cuyos actuales paladines son China y Viet-nam. Estas dos últimas funcionan exactamente igual a las “salvajes” economías capitalistas, pero las industrias básicas, las telecomunicaciones y los Bancos son mayoritariamente del Estado con predominio del Partido Comunista. En contraste con el neo-socialismo de mercado, aquí el Estado no interviene con regulaciones, ni establece precios, ni otorga privilegios impositivos a sus empresas estatales. Ambos países funcionan como un sistema capitalista, pero sin democracia de partidos y con férreo control de los sindicatos.

Ahora bien, en el neo-socialismo de mercado hay distintos grados de intervencionismo. Por un lado están los modelos de Oskar Lange, Abba Lerner y Fred Taylor, donde los medios de producción pueden ser de propiedad estatal o de cooperativas dentro de un mercado totalmente intervenido. También está el modelo de David Schweickart algo más abierto al mercado. Y el de libre mercado asociado con el Estado en los medios de producción, defendido por Thomas Hodgskin, Benjamin Tucker y Kevin Carson.

Para esta escuela, no es tan importante estatizar la propiedad privada sino socializar la renta que producen las empresas con el fin de ponerla a disposición de objetivos políticos. En su tiempo dijo el presidente socialista español Felipe González: “No pretendemos afectar la propiedad de vuestras empresas; sino estatizar la renta para distribuirla con mayor justicia”. Por eso adoptan el criterio fiscal de la “hacienda múltiple” donde los impuestos se multiplican frente a cualquier manifestación de riqueza privada.

En el neo-socialismo de mercado los impuestos tienen altas alícuotas, que tomadas de a uno no llegan a ser confiscatorias. Sin embargo sí lo son en su conjunto. En Argentina hoy se suman 96 distintos impuestos (nacionales, provinciales y municipales) cuya presión tributaria sobre las personas físicas alcanza el 76 % del valor económico que producen. Con esta presión tributaria, financian un Estado elefantiásico que absorbe el 50 % del PBI para repartir planes clientelares, otorgar subsidios al consumo, asignar jubilaciones sin aportes y financiar con criterios políticos la asistencia social de los piqueteros o desocupados.

El esquema doctrinario del neo-socialismo de mercado ha sido aplicado en la Francia de Francois Hollande. Forma parte del ideario del Laborismo británico de Jeremy Corbyn; de la izquierda griega Syriza, conducida por Alexis Tsipras; de la conjunción PSOE-Podemos de Pablo Iglesias en España y del ensayo populista del régimen de la familia Kirchner en Argentina. También fue parte sustancial del dogma bolivariano de Hugo Chávez, adoptando el modelo utópico diseñado en 1996 por el sociólogo izquierdista alemán Heinz Dietrich Steffan.

Escuela Keynesiana

La escuela keynesiana es una teoría propuesta en 1936 (3 años antes de la IIª Guerra Mundial) por John Maynard Keynes, quien ideó un nuevo método para el análisis de la economía basado en datos globales y simplistas, resultantes de agregar cifras heterogéneas. Esta “nueva economía” está contenida en dos ecuaciones fundamentales:

Demanda Agregada: Y = C + I + GP + (Ex-Im)
Igualdad estadística: PBI = GASTO = INGRESO

Donde “Y” es la Renta Global, “C” el Consumo de las familias, “I” la inversión, “GP” el gasto público, “Ex” la exportación e “Im” la importación.
A este método de extrema simplificación algebraica, Keynes lo denominó “macroeconomía” como forma de menospreciar la “microeconomía” de la escuela clásica. Seguidores de Keynes en la formación de esta escuela fueron Abba Lerner, Paul Samuelson, John Hicks, Alvin Hansen y Franco Modigliani.
Su aplicación práctica se concentró en manipular la tasa de interés para “provocar la eutanasia del ahorrista”, sustituir a los privados por el Estado en la “facultad de decidir inversiones” y reducir la política económica al “estímulo del consumo” para “mejorar las relaciones del desempleo y el ingreso nominal de los trabajadores”, aún cuando ello provoque la “ilusión monetaria de mayores salarios”.

La intención final de Keynes, fue dar poder a los gobiernos para controlar la economía en épocas de recesión o crisis. Este control se ejercería mediante la manipulación del gasto presupuestario, llamándolo “política fiscal”. Para regular el gasto público aconsejó utilizar los instrumentos destinados a financiar el déficit: impuestos, endeudamiento interno o externo y emisión de moneda sin respaldo.

Para la escuela keynesiana, la cantidad de moneda en circulación no era importante. Por eso los gobiernos que siguieron sus consejos, se desentendieron de la estabilidad en el valor de la moneda y su convertibilidad en divisas de libre uso, asignando a la política monetaria decenas de objetivos contradictorios, como ser: emisión de moneda para financiar al Estado o asegurar el pleno empleo, absorción del exceso de liquidez, regulación de la tasa de interés, administración de divisas del endeudamiento y del comercio exterior, estímulo al consumo, otorgamiento de créditos subsidiados para la inversión, etc. La justificación técnica de este modo de actuar, partió del efecto multiplicador que – según Keynes – se produciría por el mero incremento en la demanda agregada.

En todos los países donde se adoptaron estas ideas, bajo cualquier signo político (de derecha, centro o izquierda) inexorablemente apareció el fenómeno de la estanflación: déficit fiscal, inflación reptante, hiperinflación abierta, alza de impuestos, desaliento de la inversión y estancamiento económico. Sus propulsores, actualmente niegan contra toda evidencia, que los efectos de una política monetaria expansiva, sean el despilfarro del gasto público, la gestación de empresas ineficientes, los puestos de trabajo precarios que desaparecen en una economía abierta, la pérdida de competitividad, la descapitalización del sector privado, el aumento sostenido de precios, la huida de capitales y la desaparición del ahorro.

Las fracasadas experiencias de Argentina, que se suceden ininterrumpidamente desde 1946 a la fecha, son el resultado del predominio de ideas keynesianas que están anidadas en la clase política y dirigencial, provocando el espectáculo reiterado cada 10 años de severas crisis cambiarias, alza de costos en dólares, imposibilidad de exportar, déficit de presupuesto, seguidos por temibles devaluaciones y el alivio de un pequeño rebrote de poca duración, para volver a caer en otro feroz ajuste que nos sume en la pobreza. Así sucesivamente, en aguardo de la próxima crisis.

Escuela monetarista de Chicago

La escuela monetarista de Chicago es partidaria del libre mercado dentro de un régimen monetario estricto, definido por el gobierno. Se originó en los departamentos de Economía de la Universidad de Chicago liderada por George Stigler (Premio Nobel de Economía 1982) y Milton Friedman (Premio Nobel de Economía 1976). Dentro de la economía de mercado el pensamiento económico de esta escuela está en absoluta contradicción con la síntesis keynesiana.

Tuvo gran influencia en las reformas estructurales recomendadas por el llamado Consenso de Washington y aplicadas exitosamente en Chile durante el régimen de Augusto Pinochet. El paquete de reformas para países en desarrollo azotados por la crisis del sector público, propugnaba la estabilización de la economía mediante reglas monetarias, la liberación del comercio exterior, la protección legal a la inversión, la reducción del rol económico del Estado y la expansión de las fuerzas del mercado en la economía doméstica.

De acuerdo con Milton Friedman y sus seguidores, las economías de mercado son inherentemente estables por sí mismas. La inflación y las depresiones resultan por la intervención inoportuna del gobierno al crear o esterilizar dinero. Friedman, junto con la estadística matemática Ana Schwartz demostraron brillantemente, en 1963, cuáles eran las causas de la inflación y el remedio para liquidarlas. Como consecuencia de sus investigaciones, el mundo desarrollado pudo terminar con el fenómeno de la inflación estructural.

Desde que la Reserva Federal de EE.UU., con la presidencia de Ben Bernanke, logró neutralizar los efectos de la crisis financiera de 2008 (crack de Lehmann brothers, bancarrota de Fannie Mae & Freddie Mac y estafa de Bernard Madoff), los sucesivos directores, aceptaron plenamente el análisis de Milton Friedman respecto de las causas de la Gran Depresión y tuvieron éxito en evitar su reiteración.

La escuela monetarista tiene un enfoque exclusivamente economicista de la conducta humana, incluyendo los aspectos sociales, personales, familiares, jurídicos y culturales. Son críticos de la intervención del Gobierno y de los propósitos del Estado de bienestar que termina despilfarrando recursos obtenidos por la gestión privada innovadora.

Milton Friedman sostuvo efectivamente la validez de muchos de los principios básicos enunciados por Adam Smith y los clásicos. Un ejemplo de ello es su artículo publicado en The New York Times Magazine, donde afirmaba que la responsabilidad social de las empresas debe ser &"utilizar sus recursos y participar en actividades diseñadas para incrementar sus beneficios … a través de una competencia abierta y libre, sin engaños ni fraudes&" (septiembre 1970). Por su parte, Milton Friedman también era partidario del Impuesto único sobre la Tierra, basado en la doctrina de Henry George. Este último autor sostenía en 1879, que “cada uno debiera poseer lo que crea con su trabajo o capital, sin que le cobren impuestos; pero todo lo que se encuentra en la naturaleza, especialmente el suelo o la tierra, pertenecen igualmente a toda la humanidad porque son obras del Creador”.

La persistencia del éxito social en las economías de Chile, desde Augusto Pinochet (1990) a Michelle Bachelet (2016) y posteriormente las de Perú, Colombia, México y en parte Bolivia, son el resultado práctico de la aplicación más o menos rigurosa de la doctrina monetarista.

Teoría de la opción pública (public choice)

Esta escuela fue desarrollada por Duncan Black, Mancur Olson, James Buchanan (premio Nóbel 1986), Gordon Tullock y Geoffrey Brennan. Se basa en la idea de introducir una Constitución económica, similar a la Constitución política, para proteger la competencia, limitar el gasto público e impedir que el déficit fiscal atente contra las libertades y garantías individuales.

Los grandes hacendistas italianos tuvieron una enorme influencia en el pensamiento institucional de esta escuela: Antonio de Viti de Marco, Luigi Einaudi, Francesco Ferrara, Gaetano Mosca, Amilcare Puviani y Mauro Fasiani.

Esta escuela trata de utilizar la teoría económica para estudiar típicos problemas de la ciencia política: fundamentos del derecho administrativo, clientelismo, reglas presupuestarias, práctica del logrolling (intercambio de favores o dinero para obtener acuerdos políticos), la teoría de los contratos, reglas electorales y comportamiento de los votantes y reglas monetarias del Banco Central.

Consideran que las decisiones de los agentes políticos, dependen de la mentalidad, intereses y conveniencia de los funcionarios actuantes, que no son muy diferentes del común de los ciudadanos.

Esta escuela aspira a crear un marco institucional que limite el poder impositivo y regulatorio del Estado frente a la sociedad civil, con apelación a severas normas legales.

Dentro de la ciencia económica está considerada como una variante de la microeconomía, porque parte sus análisis del individualismo metodológico. Es conocida su clásica sentencia de que “los desequilibrios macroeconómicos se originan y solucionan resolviendo y restaurando los equilibrios de la microeconomía”.

Sostienen la premisa de que el comportamiento de los burócratas y políticos no es diferente al de otros actores económicos, porque ellos buscan maximizar el presupuesto público, para lograr sus propios intereses y como objetivo secundario, el bien común. Además, estudian las elecciones fuera del mercado, como parte del proceso social que involucra a los individuos independientemente de su voluntad cuando toman decisiones colectivas y públicas.

También estudian los "fallos del gobierno" como respuesta a quienes sostienen que el gobierno debe intervenir por los denominados “fallos de mercado”. Así postulan que la evidencia científica señala al gobierno -y no al mercado- como el ente que perturba y altera la armonía social por lo que debe ser limitado y reducido.

Una histórica sentencia del mayor de los juristas americanos y miembro de la Corte Suprema, Oliver Wendell Homes (jr) ha sido asumida por esta escuela de pensamiento: “Los impuestos constituyen un poder para arruinar y destruir, por eso deben ser celosamente limitados”

Escuela Autríaca o de Viena

Es una escuela de pensamiento que defiende el enfoque metodológico para la economía denominado “praxeología”, que consiste en el análisis del comportamiento humano futuro frente a realidades sociales actuales. Este comportamiento no puede ser sometido a experimentación ni a deducción histórica, porque se trata de fenómenos muy complejos que no se refieren al pasado sino a la acción humana futura.

Sus principales miembros son: Eugen von Böhm-Bawerk , Carl Menger, Ludwig von Mises, Friedrich Hayek, Murray Rothbard, Friedrich von Wieser, Henry Hazlitt , George Reisman, Hans-Hermann Hoppe,

Según la escuela austríaca, el dinero no es neutral y la tasa natural de interés o la tasa de beneficios empresarios, dependen de las preferencias temporales ya que son determinadas por la interacción de una utilidad marginal decreciente con una declinante productividad marginal en el tiempo.

La idea austríaca del ciclo económico enseña que la estructura del capital en las economías nacionales consiste en bienes heterogéneos con usos multi-específicos que deben ser alineados y enfatiza el enorme poder organizativo que tiene el mecanismo de precios, sobre todo cuanto está exento de la prepotencia del monopolio, la violencia o el fraude.

Frente a los socialistas de todos los partidos, la escuela austríaca presenta una defensa radical de la libertad del individuo ante cualquier intromisión del Estado en la economía.
Por eso insiste en vincular el Derecho, la Legislación y la Economía con la Libertad individual dentro de criterios en los que predomina el Orden natural sostenido por la razón humana y la tradición moral. De allí que prefieran la legitimidad de la precedencia típica del derecho sajón, para que las sentencias judiciales garanticen la seguridad de las decisiones privadas.

El teorema austriaco de la dispersión del conocimiento, afirma que no es posible que un individuo o comité gubernamental recolecten toda la información necesaria para hacer una asignación eficiente de los recursos. Esta posición se basa en los siguientes hechos: 1. La información económica es enorme; 2. También es variable, 3. Está condicionada por circunstancias de espacio, tiempo, modo y lugar; 4. Está dispersa en la mente de millones de agentes económicos; 5. Tiene una duración fugaz; 6. Se condensa en el dato simple y preciso de: precios libres en mercados abiertos. Esta información dispersa es reelaborada continuamente, porque son permanentes los cambios de circunstancias. El teorema de la dispersión del conocimiento, es aplicable tanto a los países comunistas o capitalistas, como a los bancos centrales, ministerios de economía y demás órganos de ingeniería social. Por eso la escuela austríaca prefiere la planificación microeconómica que se hace en el seno de las empresas a través del mecanismo de precios contra la planificación centralizada en manos del Estado, cuyos datos son recogidos a través de organismos de recolección, que llegan tarde, son imprecisos, no tienen criterios de verosimilitud y no sirven para tomar decisiones eficaces.

Escuela Ordo de Fribugo (Orden social de la competencia)

La Escuela Ordo de Friburgo también llamada Escuela del orden de la competencia, tuvo como principales adherentes Franz Böhm, Walter Eucken, Friedrich Lutz, Karl Meier, Leonhard Miksch, Alexander Rüstow, Alfred Müller Armack y Wilhelm Röpke.

Tuvo su origen en los años 30 en la Universidad de Friburgo frente a las convulsiones y fracasos de una democracia débil e inoperante y las amenazas del totalitarismo pardo o rojo. Asigna importancia extrema a las bases constitucionales que debiera tener una economía libre para desarrollarse de una manera sana en una sociedad democrática.

Las teorías de la Escuela Ordo de Friburgo sostienen que la economía de mercado sin interferencia del Estado y con estabilidad monetaria, es la forma más eficiente de organizar una sociedad.

Pero este orden no puede lograrse de manera espontánea y en completo libertinaje ya que predominarían los más grandes, los astutos e inescrupulosos, aplastando a los más pequeños, los débiles y los decentes. El orden económico requiere del marco institucional del Estado para poder desarrollarse. Apoyan la intervención estatal sólo para establecer las reglas que sirvan para asegurar el funcionamiento libre y transparente de los mecanismos de mercado y la competitividad. No admiten que el Estado se involucre en el proceso económico cambiando o manipulando las reglas en favor suyo o de sus personeros.

También apoyan una política social mínima que ayude a las personas en situaciones críticas de su vida, pero dando prioridad al propio esfuerzo y a la clara conciencia de la responsabilidad personal de cada uno en las decisiones de vida.

Clarificando: la escuela de Friburgo no ampara cualquier forma de libertinaje en la competencia, sino que enfatiza sólo algunas como óptimas o positivas. A éstas las llama “competencia de eficiencias” porque están basadas en el esfuerzo, la calidad, la responsabilidad y la honradez de conducta.

Mientras que otras formas de competencia requieren supervisión estatal para impedir el engaño, la violencia o la posición dominante. Esta escuela considera que ésta es la función necesaria y legítima del gobierno en una democracia.

El concepto de la Economía social de mercado que impera en Alemania, Austria, Suiza, Japón, Hong-Kong y Shangai rescatan muchas de las ideas de la Escuela de Friburgo, cuyos más brillantes economistas fundaron el “Walter Eucken Institut ORDO, Constitutio in Libertate”

De acuerdo con la posición de la escuela de Friburgo sus principios pueden resumirse en los siguientes puntos:

Los precios tienen una función de información, para los actores económicos, acerca del valor relativo de bienes y recursos escasos.

La situación de equilibrio presupone estabilidad en el valor de la moneda.

Los mercados deben ser abiertos y con acceso libre, lo que presupone la no existencia de monopolios ni de cartelización.

La propiedad privada de los medios de producción debe ser garantizada. Pero debe obligarse al uso responsable de tal derecho (en temas laborales, de uso de recursos comunes o defensa del medio ambiente).

Debe existir libertad contractual y de asociación incluyendo sindical. Las negociaciones entre esas asociaciones o individuos se deben llevar a cabo por empresa sin intervención estatal, con la excepción de un salario mínimo cuando las condiciones de trabajo o económicas llevan los ingresos a niveles incapaces de sostener las necesidades básicas de las familias.

Cada empresa debe asumir la responsabilidad y el riesgo por sus inversiones, la rentabilidad y rendimiento de las mismas. Si una empresa quiebra, el estado no debe rescatarla.

Debe haber permanencia de reglas en la política económica a través de las cuales se disminuye el riesgo para los actores económicos individuales.

Debe haber impuestos máximos que no excedan el 25 % del ingreso neto de las personas y las empresas, para financiar un gasto público razonable y limitado con el fin de lograr cierta corrección empírica del ingreso nacional. (Economía para Todos)