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Martes Octubre 25, 2016 20:50.- Por Michal Klare

El regreso de la guerra fría

Aunque los medios de comunicación del mundo concentran su atención en los atentados del terrorismo islamista, los altos mandos militares de la OTAN evalúan una hipótesis de conflicto abierto con un “enemigo de envergadura” como Rusia o China. Y no descartan recurrir a armamento nuclear.

Mientras que la carrera por la Presidencia estadounidense está en su punto máximo y los responsables europeos estudian las consecuencias del “Brexit”, los debates públicos sobre la seguridad se focalizan en la lucha contra el terrorismo internacional. Pero, aunque este tema sature el espacio mediático y político, tiene un papel relativamente secundario en los intercambios entre generales, almirantes y ministros de Defensa. Ya que no son los conflictos de baja intensidad los que acaparan su atención, sino lo que ellos llaman las “guerras abiertas”: conflictos mayores contra potencias nucleares como Rusia y China. Los estrategas occidentales prevén nuevamente un choque de ese tipo, como en medio de la Guerra Fría.

Esta evolución, desatendida por los medios de comunicación, genera graves consecuencias, comenzando por el aumento de las tensiones en las relaciones entre Rusia y Occidente, dado que cada parte observa a la otra esperando un enfrentamiento. Y lo que es más inquietante: gran cantidad de dirigentes políticos no sólo estiman que es probable una guerra, sino que ésta podría estallar en cualquier momento –una percepción que, en la historia, precipitó las respuestas militares en casos en los que podría haber intervenido una solución diplomática–.

Este humor belicoso general se transparenta en los informes y comentarios de los altos cuadros militares occidentales, en las reuniones y conferencias diversas en las que participan. “Durante muchos años, tanto en Bruselas como en Washington, Rusia dejó de ser una prioridad en los programas de defensa. Pero ya no será así en el futuro”, se lee en un informe que resume los puntos de vista que se intercambiaron durante un seminario organizado en 2015 por el Instituto de Estudios Estratégicos Nacionales de Estados Unidos (Institute for National Strategic Studies, INSS). También se lee que, tras las acciones rusas en Crimea y en el este de Ucrania, muchos expertos “pueden prever, de ahora en más, una degradación que desemboque en una guerra […]. Esta es la razón por la que estiman que hay que volver a centrar las preocupaciones en la eventualidad de una confrontación con Moscú”.

Paranoia armamentista

El conflicto previsto se daría más bien en el frente oriental de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), que engloba a Polonia y los países bálticos, con armas convencionales de alta tecnología. Pero podría extenderse a Escandinavia y los países que rodean al Mar Negro y provocar la utilización de armamento nuclear. Por esto, los estrategas estadounidenses y europeos recomiendan un refuerzo de las capacidades en todas esas regiones y esperan establecer el crédito de la opción nuclear de la OTAN. Un artículo reciente de la revista de la OTAN recomienda, por ejemplo, incrementar el número de aviones con capacidad nuclear en los ejercicios de la Organización a fin de disuadir a Moscú de cualquier ataque en el frente oriental, haciéndole entrever la posibilidad de una respuesta nuclear.

Hace poco tiempo, este tipo de escenario sólo hubiera interesado a las academias militares y los grupos de reflexión estratégica. Ya no es más así. Prueba de ello son el nuevo presupuesto de defensa estadounidense, las decisiones tomadas durante la cumbre de la OTAN de los días 8 y 9 de julio de 2016 y el anuncio que hizo Londres, el 18 de julio, de su intención de modernizar el programa de misiles nucleares Trident.

El ministro de Defensa estadounidense, Ash-ton Carter, reconoce que el nuevo presupuesto militar de su país “marca un cambio de orientación fundamental”. Mientras que, estos últimos años, Estados Unidos les daba la prioridad a las “operaciones antiinsurgentes a gran escala”, ahora debe prepararse para una “vuelta de la rivalidad entre grandes potencias”, sin descartar la posibilidad de un conflicto abierto con un “enemigo de envergadura” como Rusia o China. Carter ve a esos dos países como sus “principales rivales”, ya que poseen armas bastante sofisticadas como para neutralizar algunas de las ventajas estadounidenses. Y continúa: “Tenemos que tener –y mostrar que tenemos– la capacidad de causar pérdidas sustanciales a un agresor bien equipado, para disuadirlo de lanzar maniobras provocadoras o hacer que se arrepienta si llegara a hacerlo”.

Un objetivo como este exige un refuerzo de la capacidad estadounidense para combatir una hipotética embestida rusa sobre las posiciones de la OTAN en Europa del Este. En el marco de la European Reassurance Initiative (“Iniciativa para tranquilizar a Europa”), el Pentágono prevé para 2017 un paquete de 3.400 millones de dólares destinado al despliegue de una brigada blindada suplementaria en Europa, así como al “pre-posicionamiento” de los equipamientos para una brigada similar más. A largo plazo, también sería necesario el aumento de los gastos en armas convencionales de alta tecnología para vencer a un “enemigo de envergadura”: sofisticados aviones de combate, buques de superficie y submarinos. Y para coronar todo esto, Carter desea “invertir en la modernización de la disuasión nuclear”.

Otra reminiscencia de la Guerra Fría: el comunicado emitido por los jefes de Estado y de Gobierno al término de la última cumbre de la OTAN, en julio, en Varsovia. Cuando el “Brexit” todavía estaba muy fresco, este texto parece preocuparse solamente por Moscú: “Las recientes actividades de Rusia disminuyeron la estabilidad y la seguridad, aumentaron la imprevisibilidad y modificaron el ambiente de seguridad”.Por consiguiente, la OTAN dice estar “abierta al diálogo”,al mismo tiempo que reafirma la suspensión de “toda cooperación civil y militar práctica” y el endurecimiento de su “postura de disuasión y defensa, incluida una presencia avanzada en el flanco oriental de la Alianza”.

El despliegue de cuatro batallones en Polonia y en los países bálticos es tanto más destacable cuanto que se tratará de la primera presencia semi permanente de fuerzas multinacionales de la OTAN en el territorio antes controlado por la Unión Soviética. Estados Unidos, el Reino Unido, Canadá y Alemania se encargarán de dirigirla en forma rotativa. Así, la proximidad de las tropas favorece el riesgo de desbocamiento, dado que una escaramuza con fuerzas rusas puede desencadenar una guerra a gran escala, tal vez con un componente nuclear.

Apenas diez días después de la cumbre atlántica, Theresa May, nueva primera ministra británica, obtuvo el aval de su Parlamento para la preservación y el desarrollo del programa de misiles nucleares Trident. Afirmando que “la amenaza nuclear no desapareció, sino que, al contrario, se acentuó”, May propuso un plan de 41.000 millones de libras esterlinas (47.000 millones de euros) destinado al mantenimiento y la modernización de la flota nacional de submarinos lanzamisiles atómicos.

Potencias temibles

Para justificar la preparación de un conflicto mayor contra un “enemigo de envergadura”, los analistas estadounidenses y europeos suelen invocar la agresión rusa en Ucrania y el expansionismo de Pekín en el Mar de China Meridional. Las maniobras occidentales serían, pues, sólo un mal necesario, una simple reacción a las provocaciones del otro bando. Pero la explicación no es ni suficiente ni convincente. En realidad, los cuadros de los ejércitos temen cada vez más que las ventajas estratégicas de Occidente se debiliten en razón de las transformaciones mundiales, precisamente cuando otros Estados están ganando en poderío militar y geopolítico. En esta nueva era de “rivalidad entre grandes potencias”, para retomar los términos de Carter, la fuerza de choque estadounidense parece menos temible que antes, mientras que las capacidades de las potencias rivales no dejan de aumentar.

Así, cuando se trata de las maniobras de Moscú en Crimea y en el este de Ucrania, los analistas occidentales invocan la ilegalidad de la intervención rusa. Pero su verdadera inquietud responde más bien a que ésta demostró la eficacia de la inversión militar realizada por Vladimir Putin. Los observadores atlánticos miraban con desprecio los recursos rusos desplegados en las guerras de Chechenia (1999-2000) y Georgia (2008); en cambio, las fuerzas activas en Crimea y Siria están bien equipadas y son competentes. El informe del INSS citado más arriba señala, además, que “Rusia dio pasos de gigante en el desarrollo de su capacidad para utilizar su fuerza de una manera eficaz”.

De la misma manera, al transformar los arrecifes y atolones del Mar de China Meridional en islotes susceptibles de albergar instalaciones importantes, Pekín provocó la sorpresa y la inquietud de Estados Unidos, que durante mucho tiempo había considerado a esa zona como un “lago estadounidense”. Los occidentales quedaron impactados por la potencia creciente del ejército chino. Ciertamente, Washington sigue gozando de una superioridad naval y aérea en la región, pero la audacia de las maniobras chinas sugiere que Pekín se convirtió en un rival no despreciable. De esta manera, los estrategas no ven otra opción que preservar una vasta superioridad a fin de impedir que futuros competidores potenciales perjudiquen los intereses estadounidenses. De allí las insistentes amenazas de conflicto mayor, que justifican gastos suplementarios en el armamento hiper sofisticado que exige un “enemigo de envergadura”.

De los 583.000 millones de dólares del presupuesto de defensa que Carter presentó en febrero, 71.400 millones (63.000 millones de euros) irán a la investigación y desarrollo de estas armas –a título comparativo, la totalidad del presupuesto militar francés alcanza los 32.000 millones de euros en 2016–. Carter explica: “Tenemos que hacerlo para adelantarnos a las amenazas, en momentos en que otros Estados intentan acceder a las ventajas de las que nos beneficiamos durante décadas en ámbitos como el de las bombas guiadas de precisión o la tecnología furtiva, cibernética y espacial”.

También se destinarán sumas descomunales para la adquisición de equipamientos de punta aptos para superar a los sistemas rusos y chinos de defensa y fortalecer las capacidades estadounidenses en las zonas potenciales de conflicto, tales como el Mar Báltico o el Pacífico Oeste. Así, en el transcurso de los próximos cinco años, cerca de 12.000 millones de dólares serán destinados al bombardero de largo alcance B-21, un avión furtivo capaz de transportar armas termonucleares y de combatir la defensa aérea rusa. Igualmente el Pentágono va a adquirir submarinos (de la clase Virginia) y destructores (Burke) extra para hacer frente a los avances chinos en el Pacífico. El Pentágono ya comenzó a desplegar su sistema antimisiles de última generación Thaad (Terminal High Altitude Area Defense) en Corea del Sur. Oficialmente, se trata de combatir a Corea del Norte, pero también se puede ver allí una amenaza contra China.

Es altamente improbable que el futuro presidente estadounidense, se trate de Hillary Clinton o de Donald Trump, renuncie a la preparación de un conflicto con China o Rusia. Hillary Clinton ya obtuvo el apoyo de numerosos analistas neoconservadores, que la juzgan más fiable que su adversario republicano y más belicista que Barack Obama. Trump repitió en numerosas oportunidades que quería reconstruir las “agotadas” capacidades militares del país. De todos modos, este último concentró sus declaraciones en la lucha contra el Estado Islámico (EI) y expuso serias dudas sobre la utilidad de mantener la OTAN, que él estima “obsoleta”. El 31 de julio, en la cadena ABC, declaraba: “Sería algo positivo que nuestro país lograra entenderse con Rusia”.Y, de una manera más desconcertante para sus adversarios, agregó: “El pueblo de Crimea, según lo que escuché, prefiere estar en Rusia”. Pero también se preocupó de ver a Pekín “construir una fortaleza en el Mar de China” e insistió en la necesidad de invertir en nuevos sistemas de armamento más de lo que lo hicieron Obama o Hillary Clinton durante su paso por el gobierno.

La intimidación y los entrenamientos militares en zonas sensibles como Europa del Este y el Mar de China Meridional amenazan convertirse en la nueva norma, con los riesgos de escalada involuntaria que esto implica. En todo caso, Washington, Moscú y Pekín anunciaron que desplegarían en esas regiones fuerzas suplementarias y que estas llevarían a cabo ejercicios allí. El tratamiento occidental de este tipo de conflicto mayor también cuenta con numerosos partidarios en Rusia y China. El problema no se resume, pues, en una oposición Este-Oeste: la eventualidad de una guerra abierta entre grandes potencias se difunde en las mentes y lleva a que los responsables se vayan preparando para ella.

* Profesor en Hampshire College, Amherst (Massachusetts). Autor de The Race for What’s Left. The Global Scramble for the World’s Last Resources, Metropolitan Books, Nueva York, 2012