Sábado Enero 27, 2018 10:02.- Internacional | Suiza | Por Nicholas Kristof

En el mundo de los negocios, ¿todo tiene que ver con la codicia?

Cuando visito las universidades, me preguntan con frecuencia si los estudiantes que buscan empleos en el mundo empresarial son unos vendidos inmorales y avariciosos.

No creo que lo sean, puesto que los negocios pueden ser una fuerza tremendamente importante para el progreso. Pueden serlo, pero por lo general no es así. Además de copos de nieve, en el aire de Davos también hay un debate importante, en el marco del Foro Económico Mundial, sobre la cuestión de que las empresas deben hacer mucho más para beneficiar al 99 por ciento y no solo al uno por ciento: no basta con enriquecer a los accionistas.

Interrumpimos esta columna para incluir un párrafo crítico:
Los magnates siempre dicen preocuparse por lo que más les conviene a las personas comunes y corrientes, al tiempo que las estafan. Los ejecutivos estadounidenses del tabaco han matado a más personas de las que logró asesinar Stalin, y los ejecutivos de la industria farmacéutica que venden opioides de manera imprudente quizá hayan matado al mismo número de personas que los capos colombianos de la droga; no obstante, parece que estos líderes empresariales se conmueven hasta las lágrimas cuando describen el trabajo que hacen.

Sucede que las herramientas empresariales son demasiado importantes para renunciar a ellas. En lo que a mí respecta, la gente más interesante en Davos no son los presidentes ni las celebridades, sino los emprendedores sociales —aquellos que usan las herramientas empresariales para atender problemas sociales—, y su trabajo nos da ejemplos inspiradores de lo que se puede lograr.

Christopher Mikkelsen trabaja con más de veinte empresas, que incluyen tanto a operadores de teléfonos celulares como a Facebook, para ayudar a refugiados a encontrar a familiares desaparecidos. Su organización, Refunite, en una ocasión ayudó a dos hermanas congolesas a encontrarse tras dieciséis años; resultó que vivían a unos cuantos kilómetros una de la otra en Nairobi.

Refunite ahora está ayudando a más de un millón de refugiados a buscar a familiares desaparecidos. Ya ha ayudado a 40.000 de ellos a ponerse en contacto, y Mikkelsen afirma que esto nunca habría sido posible si la organización solo fuera un grupo de asistencia en lugar de un híbrido que se sirve de redes empresariales.

Sasha Kramer trabaja en Haití para atender dos problemas fundamentales: la falta de baños y la disminución de la fertilidad de la tierra. Su organización, SOIL (por su sigla en inglés), cobra a los consumidores unos cuantos dólares al mes para proveer y dar servicio a baños secos (o baños de compostaje) que convierten los desechos humanos en fertilizante agrícola seguro. El costo es de una tercera parte de lo que costaría la operación de un sistema de drenaje.

Con la escasez mundial de agua, hay un creciente interés en esa metodología y es por eso que Haití podría convertirse en un modelo para otras naciones en el mundo en desarrollo.

En Kenia, Christie Peacock aborda un enorme problema para los agricultores: buena parte de la alimentación, los medicamentos y otros suministros agrícolas en venta son falsos o están por debajo de la norma, incluyendo cerca del 60 por ciento del fertilizante. Cuando los agricultores compran semillas falsas, sus cultivos fracasan y pasan hambre.

Peacock trabajó anteriormente en el mundo de la asistencia, pero comenta: “Me desilusionó el modelo de la organización no gubernamental”. Así que su empresa, Sidai, es una organización con fines de lucro financiada con capital inicial de la Fundación Bill y Melinda Gates. Ahora presta servicio a 200.000 agricultores kenianos.

Esa es la ventaja de una estrategia empresarial: suele ser más sostenible y escalable que una organización benéfica. Trabajando con los agricultores africanos para mejorar la producción de café, Starbucks ayuda a sacar a más gente de la pobreza que un sinfín de iniciativas de asistencia.

En las grandes corporaciones por lo menos se están dando más conversaciones de las correctas. Laurence Fink, director ejecutivo de la empresa de inversión BlackRock y uno de los más grandes inversionistas del mundo, sacudió a la esfera empresarial la semana pasada con una amenaza implícita de castigar a las empresas mezquinas que “solo buscan el desempeño financiero” sin “contribuir positivamente con la sociedad”.

Estos replanteamientos no se deben a que los magnates sientan remordimientos, sino al simple y llano egoísmo. Los milenials quieren trabajar para empresas éticas, comprar marcas que los hagan sentirse bien e invertir en empresas con responsabilidad social.

Esto puede tener un lado superficial y otro profundo, pero es genuino: hacer el bien ya no se trata de hacer unos cuantos cheques al final del año, como sucedía en mi generación; para muchos jóvenes, es una ética que regula dónde trabajan, compran e invierten.

Los directores ejecutivos me dicen que esto es lo que los obliga a actuar así. Si las empresas protegen a la escoria insaciable, hay consecuencias negativas en el reclutamiento y pierden la guerra para hacerse de talento. Cada vez más, una empresa que ignora los valores sociales pierde valor para el accionista.

Creo que las mejores industrias para hacer el bien son la jurídica (mediante el trabajo pro bono) y algunas farmacéuticas (mediante los programas de donación de medicamentos). Esto se debe a que hay una métrica que las obliga a rendir cuentas: American Lawyer clasifica a los grandes despachos jurídicos por su trabajo de voluntariado (Jenner & Block encabeza la lista), y el Índice de Acceso a los Medicamentos clasifica las donaciones de la industria farmacéutica (GSK ocupa el primer lugar).

Otras empresas catalogadas como ciudadanos modelo del mundo son Unilever, Starbucks, Whole Foods, Mastercard, así como Danone y Chobani (¿qué sucede con los fabricantes de yogur? ¿Será su cultura?).

Cuando las empresas que tienen cientos de millones de empleados ascienden a las mujeres, luchan por los dreamers, adoptan empaques ecológicos; cuando no solo tienen en mente a los accionistas, sino a la sociedad en general, el impacto puede ser transformador. Pero basta de retórica pura. Es hora de que las empresas pasen del dicho al hecho. (The New York Times)

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 


 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 


 

 

 

 

 



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 


 

 


 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 


 

 


 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 



 

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 


 


 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

río
 
 
 
 
 

Alejandro Rosado es una tentativa de homicidio agravado. Sin embargo, no hay ni un policía preso, y sí hay manifestantes detenidos”, cuestionó la abogada Gabriela Carpineti, de la CTEP, que patrocina al joven gravemente herido. “Aportamos una docena de testigos, primero ante Procuvin (Procuraduría de Violencia Institucional) y luego en el juzgado. El problema es que el Ministerio de Seguridad entorpeció, mintió, y el juez Torres dejó que eso sucediera, y ahí es donde hay riesgo de impunidad para la fuerza. El deber de investigar es del juez. Es correcto que haya hecho la denuncia. Ahora hay un conjunto de medidas que deben seguir produciéndose”, agregó Carpineti.

El sumario administrativo policial que está en poder del juez Torres dice que un principal de Asuntos Internos se puso en contacto con el jefe del GOMF, el comisario Hipólito, y que éste le dijo que como era un tema tan trascendente, que aparecía en filmaciones y estaba en todos los medios, ya se había puesto a juntar información antes de que se lo pidieran. Así fue como consultó, según figura en esas actuaciones internas, y verificó que en Hipólito Yrigoyen y Tacuarí había estado el GOMF número 1. En el sondeo interno le hablaban de Barisone. Cada grupo está formado por cinco motos y diez efectivos. Consultó al principal Ortega, que había estado a cargo de esas motos, y éste le dijo que por las averiguaciones que había hecho se trataba de Barisone. Con esa información el juez mandó a concretar la detención.

El policía acusado prestó declaración indagatoria el 29 de diciembre y dejó boquiabiertos a los investigadores cuando les dijo que no se veía a sí mismo en las imágenes pero que tampoco podría decir quién era la persona que pasaba por encima de Rosado. Intentó zafarse con el argumento de que se sentía mal, que llevaba 48 horas de trabajo, que tenía sueño y hambre, había sufrido un desgarro en medio de la represión y la moto andaba zigzagueando. Además se quejó de que, como es nuevo, le habían dado “la peor” moto. “Era la primera vez que iba a una movilización grande y estaba aturdido y gaseado por el gas lacrimógeno”, buscó victimizarse. “En ninguna de las fotos tampoco me veo”, insistió. Dio vueltas, pero en ningún momento negó ser el autor de las graves lesiones al chico. Ante esta situación, para hacer un cotejo, Torres decidió convocar a declarar como testigos a los policías que lo habían identificado en el procedimiento interno. El único que sostuvo su relato fue el policía a cargo de la investigación de Asuntos Internos.

Hipólito, que declaró el jueves último, cambió la versión que había dado a Asuntos Internos según la cual se había puesto a investigar apenas vio las imágenes de Rosado en los medios y comprendió la gravedad de la situación. Esta vez dijo que no supo qué había pasado hasta que lo consultó Asuntos Internos y que ni siquiera había visto el video viralizado. Las referencias a Barisone dijo que se las dio Ortega y que lo había identificado por “la contextura física” y en especial “la altura”. Cuando le preguntaron en el juzgado si a partir de esos datos que obtuvo tomó alguna medida para identificar al personal que conducía la moto dijo que no. Todo lo que informó, sostuvo, fue en base a lo que Ortega le había señalado. ¿Qué dijo Ortega? Que no podía determinar con certeza quién era el hombre de la moto ya que “el video no era nítido, pero por la contextura física de la persona que conducía la moto en cuestión, sería Dante Barisone (…) no lo aseveré, siempre hablé en potencial, le dije que sería Barisone, teniendo en cuenta la contextura física, no el rostro, porque era bajito”. Como se ve en las imágenes todos los agentes estaban con casco, no se les veía la cara y tenían trajes oscuros que los cubrían de pies a cabeza.

–Aunque estaba sentado en la moto ¿fue la única característica (la estatura) que le permitió identificar a Barisone?- le preguntó a Ortega un secretario del juzgado.

–Sí –sorprendió el policía. Luego agregó que se enteró de la detención al día siguiente, cuando fue a trabajar.

Torres decidió dictarle falta de mérito a Barisone, lo que implica que queda en una situación intermedia: ni procesado ni sobreseído. Planteó que no podía quedar detenido por el estado de duda que generaban las declaraciones de los policías. Ayer, además, decidió hacer lo que en la jerga jurídica se llama “extraer testimonios”, que quiere decir hacer una denuncia penal, en este caso contra el comisario Hipólito y el oficial principal Ortega, por posible encubrimiento, lo que incluiría un intento de entorpecimiento y presunto falso testimonio.

Torres le pidió un nuevo informe al Ministerio de Seguridad. Uno de los problemas para saber quiénes son los policías agresores es la ausencia de identificación. Ya sea porque tienen una numeración que no está a la vista o porque tienen, algunos, la patente tapada o camuflada, o no la tienen. El informe policial decía que Barisone había usado la moto número 3333, pero el agente dijo que no era esa sino la número 1625. Lo cierto es que, hasta ahora, por las imágenes ese dato no fue corroborado. (Página 12)